Peruanos en la meta: New York Marathon – 2004

Yo cargando la bandera

Tres días antes de la Maratón de Nueva York, en Central Park.

 

Crónica publicada el 21 de noviembre de 2004, en la revista “Domingo” del diario La República (PERÚ),  gracias a mi querido amigo y ex jefe, Percy Ruiz (Q.E.P.D).

No recuerdo bien cuándo ni en qué momento empezó esta locura de correr una maratón, sólo sé que un día, mientras entrenaba con Peru Runners, de San Borja, alguien me preguntó qué carrera haría en el 2004. “Yo quiero correr la maratón de Nueva York”,  respondí sin titubear, con la certeza de ser una corredora profesional pero con la pequeña diferencia de que en mi historial sólo figuraban dos vueltas al Cuartel General del Ejército (Pentagonito).

Tenía un punto a mi favor y uno en contra. El primero: la emoción de correr más de 42 kilómetros en la ciudad financiera más importante del mundo. El segundo y más difícil: conseguir la visa de turismo para ingresar a los Estados Unidos. Un verdadero dolor de cabeza que casi termina con el sueño americano que todos llevamos dentro.

Mi vuelo con destino a Nueva York arribó al aeropuerto internacional John F. Kennedy el jueves 4 de noviembre, a las 7: 40 am, tres días antes de la maratón. Tiempo suficiente para descansar y dejar todo listo para el gran día. Los organizadores tenían todo resuelto: los números de los participantes los entregarían hasta el sábado por la mañana, así como el chip que iría pegado a la zapatilla de cada competidor (un pequeño transmisor con la imagen de la Estatua de la Libertad), para registrar el tiempo exacto de cada corredor.

Día de la carrera

Antes de la carrera con los chicos de Peru Runners – San Borja

El gran díaEl domingo 7 de noviembre amaneció más temprano que nunca: 4:00 am, bueno, al menos para mí. El pronóstico del tiempo no era del todo esperanzador, según la televisión americana – nunca se equivoca – la temperatura alcanzaría los 64 grados Farenheit (más o menos 21 grados centígrados ). Mucho más húmedo y con menos frío que el año anterior. Era el primer gran reto de la carrera, un día soleado que en lugar en favorecernos nos desgastaría más rápido de lo programado.

A las 8 de la mañana, dos horas previas a carrera, los ómnibus con los corredores (43.923 atletas de diferentes nacionalidades), se dirigieron a la línea de partida en Fort Wadsworth, ubicado en Staten Island. La organización, como siempre, impecable, nada qué reprocharle a los “gringos”. El desayuno, los servicios higiénicos, la atención médica y la hidratación, todo perfecto, incluso cada corredor tenía asignado un color (verde, azul o naranja), de acuerdo al tiempo que quería hacer. La idea era evitar un cuello de botella al momento de la partida.

A las 10:10 am un fuerte cañonazo dio inicio a la fiesta en Nueva York. Los primeros en salir fueron los corredores profesionales. En la “categoría varones”, el primero en llegar a la meta fue el africano, Hendrik Ramaala (32), con 2 horas y 9 minutos. En la “categoría damas”, hizo lo propio la inglesa Paula Radcliffe (30), con 2 horas y 23 minutos.

Perú Runners

Maratón Nueva York – 2004

Es indescriptible la sensación que uno siente en ese momento. La imagen no podía ser mejor: camisetas de diferentes culturas, credos y razas con los nombres de cada competidor y el país que representaban. La emoción fue en aumento al momento de ingresar al puente colgante Verrazano, el más alto de toda la carrera (274 pies sobre el nivel del mar).

Mientras se escuchaba a Frank Sinatra cantando New York, New York, un colorido espectáculo nos recibía en la primera milla de la carrera. Dos barcos arrojaban chorros de agua de color azul y rojo…una verdadera fiesta para aquellos que amamos las carreras de larga distancia.

El distrito de Brooklyn, con más de dos millones de habitantes, fue el primer contacto con la gente y la segunda milla de la maratón. Con mi amigo Freddy Acosta Ochoa de Peru Runners, habíamos calculado terminar la carrera en cuatro horas, por lo tanto, debíamos hacer cada milla en nueve minutos. Difícil pero no imposible, así que aceleramos el paso mientras escuchábamos el tradicional: Go Peru.

En la tercera milla ingresamos a la intersección de la Cuarta Avenida con la calle 81 de Brooklyn. El reloj marcó 8 minutos y 30 segundos. Un paso muy rápido para el tiempo que teníamos corriendo, bajamos el ritmo y decidimos divertirnos un poco con el público que nos apoyaba sin cesar. We are the champions, música de fondo con la voz de Freddie Mercury, nos inspiró y continuamos sin parar rumbo hacia la meta.

Seguimos a paso firme la milla cuatro, cinco y seis, salvo en algunos tramos que eran de subida y que nos obligaban a bajar la velocidad para evitar quemarnos antes de tiempo. Los puntos de hidratación colocados en cada milla (Gatorade y agua mineral sin gas) fueron un factor importante para no deshidratarnos en plena carrera. Las fuerzas disminuían producto del intenso calor pero el entusiasmo seguía intacto en la primera parte de la carrera.

Media maratón. Con dos horas y algunos minutos más cruzamos la milla 13 (media maratón) en el puente Pulaski. Las cámaras de video (el DVD para el recuerdo) registraron nuestra mejor sonrisa. Las adrenalina bajó un poco y fue el momento de comer algo para la segunda parte de la carrera. Un pedazo grande de Power Bar (barra energética) me devolvió las fuerzas y las ganas de seguir corriendo.

Lo peor estaba por empezar. En la milla 15 llegamos al puente Queensboro. La parte más pesada de la carrera. Felizmente salimos sin problemas e ingresamos a First Avenue. La cantidad de gente apoyando era constante en el trayecto. Nunca en mi vida vi tantas personas gritando mi nombre y alentado a mi país.

El tiempo recorrido en la última milla fue de 10 minutos, debíamos subir un poco si queríamos lograr nuestro objetivo. Lamentablemente mi partner Freddy sufrió un pequeño calambre en la pierna que lo obligó a disminuir el paso. No quería dejarlo solo porque todo el entrenamiento lo hicimos juntos pero tampoco podía quedarme con él.

Después de la carrera

Con Miguel de la Flor y Freddy Acosta.

Último tramoAceleré el paso y traté de hidratarme lo más que puede. En la milla 20, mi reloj marcó 9 minutos con 30 segundos, algunos la llaman “la pared” porque el cansancio comienza a pasar factura a todo el cuerpo. Con pared o sin ella, seguí con paso firme y muy concentrada. Desde este punto hasta el final del recorrido me desconecté de la gente que había a mi alrededor. Escuchaba a los lejos: Go Peru, Go Claudia pero trataba de no hacerles mucho caso para no desconcentrarme en mi primera maratón.

En las millas 21 y 22 ingresamos a Manhattan y luego a la famosa Quinta Avenida. Un pequeño grupo de peruanos con banderas rojo y blancas me alentaron y me dieron más fuerza para seguir corriendo. Sentía ganas de caminar, como la gente que había a mi alrededor, pero más pudo el coraje y el orgullo de terminar la carrera corriendo. El cuadro no era nada alentador: muchos de los atletas eran auxiliados por diversos calambres o mareos que presentaban en esta parte de la carrera.. Yo sólo quería terminar, bañarme y dormir hasta la mañana siguiente. No faltaba nada, eso era lo más angustiante.

La entrada a Central Park fue una locura total. Grité con todas mis fuerzas: ¡Me faltan tres millas. Dios mío ayúdame!. Quería chillar pero si lo hacía me podía quedar sin respiración y, eso sería fatal. Aceleré nuevamente el paso, sinceramente no sé de dónde me salieron tantas fuerzas. El dolor de piernas era tan intenso que estoy convencida de que corrí con el corazón. Llevaba más de 3 horas con 45 minutos corriendo sin desmayar. ¡Nunca había corrido tanto tiempo en mi vida!

NY diploma

Cuando pasé la milla 25 grité con más fuerza: ¡Me falta una milla!. Grité tan fuerte que me asusté. Aumenté el paso y dije: a la mierda, me las pico y vemos qué pasa. Mi reloj marcaba 4 horas con 4 minutos. La última milla estaba frente a mí pero no la meta. Casi muero de la impresión. Recé un Padrenuestro porque estaba exhausta. Mi cuerpo estaba empapado en sudor. Faltaban 200 metros, seguí corriendo con las últimas fuerzas que me quedaban y, finalmente, crucé con los brazos extendidos y con lágrimas en los ojos, la bendita llegada.

En total hice 4 horas con 6 minutos. Una americana me entregó la medalla y desde ese momento no he dejado de llorar de felicidad. Logré lo que más quería en la vida: correr la maratón de Nueva York. Mis pies están hechos puré, las piernas me duelen como si hubiera cargado toneladas de peso, no puedo caminar. Subir y bajar escalones es un martirio, ni pensar en agacharse. He bajado aproximadamente 3 kilos y tengo tanta hambre que fácil me devoro una vaca entera yo sola.

Es la prueba más difícil que me tocó vivir. Todas las horas de entrenamiento, amanecidas con lluvia, neblina, las clases de natación y las quinientas abdominales diarias se ven recompensadas al final de esta carrera. Una carrera que espero repetir el próximo año para mejorar mi tiempo y disfrutarla por segunda vez.

 

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